La crisis de la soledad: ¿Cómo pueden nuestra fe y el Evangelio marcar la diferencia?

En un artículo de una revista encontré una información que me llamó profundamente la atención. Se hablaba de una crisis de enormes proporciones que muchas personas de nuestro tiempo están padeciendo: la soledad.

Se la presenta como una crisis porque no se trata de un fenómeno aislado, sino de una realidad extendida y creciente en las comunidades.

La soledad ha sido definida como la carencia voluntaria o involuntaria de compañía.

Desde el inicio de la creación, Dios nos revela que “no es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2,18). Cuando Dios creó al hombre, le dio la oportunidad de poner nombre a todo lo que había creado; sin embargo, no le bastaba porque no hallaba compañía. El hombre no fue creado para vivir en la soledad ni en aislamiento. Lo tenía todo menos a otro ser humano como él: estaba solo. Por eso, Dios creó a la mujer.

Como seres humanos, no fuimos creados para vivir aislados, ni para ensimismarnos. Fuimos creados para la relación, para el encuentro, para la comunión.

En nuestro tiempo, con el avance de la tecnología y de lo que hoy llamamos inteligencia artificial (AI –por sus siglas en inglés), nos hemos visto abrumados por la rapidez de estos progresos y, en muchos casos, hemos permitido que influyan e incluso controlen nuestras vidas.

Estos avances son producto del intelecto humano y, por lo tanto, requieren una administración responsable y sana. No estamos llamados a rendirnos ante ellos ni a convertirnos en sus servidores sino a usarlos para el bien.

Cuando permitimos que esta dependencia se transforme en codependencia, rendimos nuestra voluntad, nos olvidamos del prójimo y de nuestra necesidad de búsqueda y de encuentro interior, de la reflexión personal, y del deseo natural de trascendencia, que encuentra su plenitud en Dios. Cuando este deseo se debilita, nos alejamos de Dios y creemos que Dios está ausente.

Lo que el hombre desarrolla y produce debe estar siempre a su servicio, y nunca al revés. Sin embargo, con frecuencia este progreso ha terminado por convertir al hombre en un sujeto pasivo, haciendo que olvide su vocación, debilitando sus facultades y robándole la creatividad.

Cuando olvidamos nuestra vocación a la comunicación con el prójimo y al compartir, cuando dejamos en desuso el encuentro y la palabra, el ser humano es lanzado a un universo para el cual no fue creado: el universo del vacío de la soledad, donde se convierte en objeto de consumo.

Frente a esta realidad, surge una pregunta fundamental y desafiante: ¿cómo puede nuestra fe y el Evangelio marcar la diferencia?

Una respuesta concreta es el apostolado de la escucha —el ayudar a comprender al otro que no está solo. Esto se vive de manera especial en nuestras celebraciones Eucarísticas.

La Eucaristía es, ante todo, celebración de encuentro, de comunidad. En ella la soledad no tiene lugar, porque entramos en comunión con Jesús —con Dios mismo— y con nuestros hermanos y hermanas. No es una celebración de aislamiento sino de unión.

En la Santa Misa encontramos el verdadero antídoto contra la soledad: a Jesús. En la comunión con Él no escapamos a una torre de exclusividad, más bien, nos recibe tal y como somos —con nuestras imperfecciones— y permite que unamos nuestras voces y acciones al cielo, para suplicar y participar en el misterio del Amor infinito de Dios. Nuestra participación en la Eucaristía no es aislada, no, es una participación comunitaria del pueblo de Dios.

Por eso es necesario despertar y agradecer el don de Dios que le ha dado al hombre para su servicio; don que exige crecimiento en responsabilidad respecto a los bienes que se nos han encomendado. Estamos llamados a ser administradores fieles del progreso que se ha logrado.

Esta administración responsable expresa la obligación que tenemos como hijos de Dios, Creador de todo lo que existe y dador de los dones que nos hace partícipes. Dios no nos ha creado para un rol pasivo, sino para participar activamente –para ser colaboradores conscientes de su proyecto de la creación y para administrarla responsablemente. En el plan maestro de Dios es donde encontramos nuestra verdadera dignidad.

La participación en la Eucaristía es, entonces, un reto que nos invita a salir de nosotros mismos para entrar en comunión con Jesús y con nuestro prójimo para hacernos uno con Él. Se nos invita a salir de la soledad para entrar en la comunión de Amor, en comunión con el Amor que es la esencia misma de Dios.

En esa comunión el Señor nos hace uno con Él. ¡Qué maravilla es este llamado de la Sabiduría del Amor de Dios!