La libertad de dar lo mejor de nosotros mismos

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250 años de independencia de los Estados Unidos: ¡que ocasión tan especial para celebrar!

Pensando es ese proceso de independencia podemos ver cómo, bajo el marco de una Constitución, se fue aprendiendo a construir lo que hoy somos como nación.

Se fue formando el país en medio de un proceso doloroso, marcado por guerras civiles, donde distintos bandos luchaban por sus convicciones. Una nación que fue madurando en medio del sufrimiento y del desafío para aprender a reconocerse como un solo pueblo.

Pero, también fue un proceso en el que se cometieron graves errores, como la esclavitud y la persecución de los nativos. Reconocerlo no disminuye la historia; al contrario, nos ayuda a mirarla con humildad y aprender de ella para no repetir aquello que hiere la dignidad de la persona.

Bajo esa Constitución, en sus primeras clausulas, se reafirma y asegura la libertad de religión, libre expresión de palabra, de prensa y de reunión. Y algo que llama profundamente la atención es que esa libertad de reunión debe ejercerse de manera pacífica.

¡Qué importante es reconocer que entre las primeras libertades que contempla la Constitución, se encuentra la libertad de religión—no solamente la de culto—! Poner a Dios como fundamento de la vida de un país y poner el respeto por la religión como base de las demás clausulas es profundamente característico de nuestra nación. Gozamos de una Constitución que debe ejercerse con fines pacíficos, pues esa es la única forma que se puede crecer como nación.

Esa libertad de expresión tiene que buscar ser reflejo de lo que se vive en la vida de fe.

La religión es un marco en el que se vive la fe, que es el encuentro de la criatura con su Creador, del hombre con Dios. Es reconocer que hay alguien superior a todos. Es una fe que busca compartir el respeto por Dios y por el prójimo: un encuentro que fortalece y que nunca destruye.

Entonces, esa libertad de expresión también consiste en expresar la opinión y el pensamiento con ánimo de servicio y de manera pacífica y no con violencia ni imposición.

Al celebrar 250 años de independencia, hay que reconocer la historia recorrida, con lo positivo y lo negativo, pues al pasado no se lo puede ignorar.

Es necesario reconocer los errores para no repetirlos, y reconocer los logros para celebrarlos para continuar avanzando porque es precisamente nuestra historia la que ha ido forjando lo que somos hoy.

Para celebrar, también hay que reconocer la riqueza que somos como nación, en la diversidad de quienes somos y como esta diversidad nos enriquece mutuamente.

Celebramos los 250 años de independencia de un país construido por olas de inmigrantes que nos han ido formando con su trabajo, sacrificio y anhelos. Somos una amalgama de diferentes tradiciones que, bajo una Constitución, un cielo y la extensión de su territorio, nos permite reconocernos como estadounidenses. Cada grupo aportando tradiciones que nos enriquecen mutuamente, como la tradiciones religiosas, culturales y culinarias, tan variadas y, al mismo tiempo, tan profundas que se han integrado completamente al ADN de los Estados Unidos.

Aprendamos a fijarnos más para descubrir lo que nos enriquece, celebrar lo que nos une y aprender a expresarnos con un corazón que busca la unión en medio de la diversidad. Ser voces libres que, por medio de un dialogo sincero, buscan el bien común.

Para progresar como país, es necesario aprender a dialogar, a tener palabras que sepan expresar las opiniones y, al mismo tiempo, respetar a los demás.

Solamente con un dialogo pacífico y sincero se puede trabajar por el bien común del país en que vivimos. Solamente en el respeto por cada uno podemos enriquecer y ser enriquecidos. Solamente con respeto mutuo, con Dios como base y centro, y reconociendo la dignidad que todos tenemos como seres humanos, podremos mostrar al mundo el mejor tesoro que este país tiene: su gente, en esa espectacular diversidad de quienes somos.

250 años de celebración: lo celebramos bajo una Constitución que nos permite tener la libertad de dar lo mejor de cada uno bajo una bandera que nos une, un himno que nos identifica y un Dios en quien confiamos.