¿Turistas críticos o verdaderos peregrinos? Al visitar las iglesias este verano, ¿quiénes somos?

Con frecuencia, cuando visito las antiguas iglesias en Roma, hay dos cosas que me llaman la atención. La primera es la riqueza con la que están adornadas —con frescos, esculturas y mucho más—. Son iglesias colmadas de historia, con detalles que siempre asombran; iglesias que tomaron muchos años en construirse.

La segunda es la invasión de turistas que entran en manadas, muchas veces acompañados por guías que ni siquiera saben bien de lo que hablan.

Da lástima ver cómo estas jaurías de turistas no tienen respeto por los lugares sagrados que visitan. Se observa a muchas personas tomándose fotos como si estuvieran en un espectáculo. Tristemente, muchas iglesias se han convertido en simples destinos turísticos, perdiendo su carácter sagrado como lugares de oración y recogimiento.

Es interesante notar que, con frecuencia, hay alguien en aquellas iglesias pidiendo silencio; pero solo se le concede por un momento y luego vuelve el murmullo a su máximo volumen. La falta de respeto me molesta profundamente.

Un día, mientras visitaba una iglesia, estaba yo muy molesto por toda esa bulla. Sentado allí, con mi enojo, llegó alguien y se sentó frente a mí. Pensé: «¡Oh no, otro más!». Pero esta persona permaneció sentada por un largo rato, completamente inmóvil y absorta. Después comenzó a mover lentamente la cabeza, mirando de un lado a otro, hacia arriba y hacia abajo; incluso parecía recostarse sobre la banca para poder observarlo todo mejor. Me di cuenta de que estaba profundamente admirada por lo que veía; no sabía ni por dónde empezar a mirar. Parecía no querer perderse ningún detalle.

Aquello me hizo reflexionar: ¿cuánta atención pongo yo realmente en los detalles, o simplemente miro por encima?

Decidí ser más cuidadoso, y fue increíble descubrir la inmensa cantidad de fabulosos pequeños detalles que conformaban aquella belleza total. Quedé maravillado ante la creatividad, el ingenio y el talento humano reflejados en cada rincón de esa iglesia.

Mientras me dejaba sorprender por aquellas obras tan exquisitas, pasé por alto algo esencial: dónde estaba Jesús. En muchas de estas antiguas iglesias no es evidente dónde se encuentra reservado el Santísimo.

Pregunté y busqué, hasta que lo encontré en una capilla escondida, alejada de los turistas y del ruido. Al entrar en la capilla me avergoncé, porque buscar saludar al Señor no fue lo primero que hice. En cierta forma, aunque respeté la iglesia, yo también había sido un turista más.

Meditando me dije: «Si no hubiera sido por Ti, Jesús, nunca habrían construido todo esto. Y siendo Tú la razón de todo, —la fuente de vida y de Amor—, fuiste lo último que busqué.»

En nuestra vida de fe, ¿cuántas veces actuamos también como simples turistas? Entramos y salimos de las iglesias y, en ocasiones especiales, tomamos fotos para el recuerdo, pero olvidamos la razón por la cual esa iglesia fue construida: Jesús. Sin Él ninguna iglesia tendría sentido.

Nuestras iglesias están cargadas de historia, llenas de pequeños detalles que las convierten en esa casa donde Jesús es el centro y la razón de su existencia. Son fruto del sacrificio de muchísimas personas que soñaron con un lugar donde Jesús pudiera hacerse sacramentalmente presente en la Eucaristía y permanecer en el sagrario.

Son el lugar donde el mismo Jesús, a través de la Palabra y la Fracción del Pan, sale al encuentro de cada uno de nosotros.

Preguntémonos entonces: ¿cómo participamos en la celebración eucarística? ¿Somos como turistas que simplemente hacen acto de presencia y ya, o venimos dispuestos a dejarnos sorprender por Jesús y a vivir la Santa Misa con Él?

¿No es cierto que muchas veces vamos a Misa como críticos expertos, encontrando cualquier disculpa para distraernos y sin permitir que Jesús toque nuestro corazón?

Con frecuencia nos convertimos en críticos profesionales de nuestras celebraciones eucarísticas, y, por eso, todo el despliegue de belleza y Amor pasa desapercibido, y sus efectos son ignorados. Somos turistas críticos.

¿Qué tal si, en lugar de criticar, cada uno se examina a sí mismo y reflexiona si realmente está contribuyendo a la belleza y a la santidad de la Misa, o, más bien, si se está convirtiendo en motivo de distracción?

La belleza de nuestras iglesias depende de cómo cada uno las adorne con su presencia y con su corazón. Nuestras iglesias y nuestras celebraciones no son lugares para convertirnos en críticos de todo. ¡No! Son lugares donde venimos a ser transformados en aquello que celebramos: en Amor, en Jesús.

¿Qué tal si, en vez de ser turistas, nos convertimos en peregrinos, y en vez de ser críticos nos dejamos formar como discípulos?

La Iglesia y sus templos solo tienen verdadero valor, sentido y belleza cuando en ellos habita Jesús, tanto en la celebración de la Eucaristía como en su presencia sacramental en el tabernáculo.

Tengamos siempre presente que Jesús es la fuente de vida y de Amor, y que no vino a ser un objeto de adorno. Depende de cada uno de nosotros cómo celebramos nuestra fe y la libertad que le damos a Jesús para transformar nuestro corazón.

Dejémonos transformar por Aquel a quien celebramos; solo así podremos realmente vivir la Santa Misa y nuestra vida cotidiana con Él.