Cuando Dios creó el universo, desplegó en él toda su grandeza. De la nada hizo surgir el universo; de lo que no existía hizo surgir todo cuanto existe. Creó el mundo con un orden perfecto y vio que era bueno.
Pero Dios, culmen y centro de la creación, quiso hacer algo aún más extraordinario. En un momento singular, no solo creó, sino que formó al hombre a su imagen y semejanza. Tomó barro y, con sus manos, moldeó al hombre; y con un soplo le infundió su Espíritu y le dio vida. ¡Qué maravilla!
Inmediatamente después de crear al hombre, Dios lo constituye administrador de toda la creación. Y al séptimo día Dios descansó y vio que todo era bueno.
La creación es una manifestación de la grandeza del Creador, y el hombre es la máxima expresión de su Amor. Existimos por Amor, para amar y para respetar la obra de Dios. ¡Qué misterio tan grande!
El mundo es el escenario que Dios entrega al hombre para que desarrolle sus talentos y descubra su vocación. El mundo es el lugar donde Dios nos provee todo lo necesario para vivir. Es parte del plan de Dios que la vida cotidiana nos provea la oportunidad de descubrir y desarrollar nuestros talentos, así como de discernir y vivir nuestra vocación. Dios tiene un plan para cada uno. ¡No es nuestro plan sino el Suyo y es siempre bueno y perfecto!
Cada uno de nosotros es indispensable en el plan de Dios. La vocación de ser administradores de la creación es la llamada a hacer florecer el mundo y, al mismo tiempo, protegerlo. Nosotros no somos dueños de la creación; Dios nos la ha encomendado y, por eso, somos responsables de ella.
¿Por qué Dios nos encomendó el cuidado y la administración del mundo?
Porque, cuando nos formó del polvo de la tierra e infundió en nosotros su Espíritu, nos hizo partícipes de su propia vida. Y, al hacernos partícipes de quien Él es, espera que amemos lo que Él ama y respetemos lo que Él ha creado.
El universo, el mundo entero, es obra de Dios para el bien del hombre. El mundo es, como nos recordó el papa Francisco, nuestra casa común. Nuestra tarea es descubrir y vivir en ese Amor, siempre nuevo y siempre exigente. Si amamos como Dios nos ama, esa será la medida con la que cuidaremos la obra que Él nos ha encomendado.
Cuando nos olvidamos de Dios, cuando lo descartamos de nuestras vidas, olvidamos también nuestra responsabilidad como administradores de su creación. Al olvidarnos de Dios, olvidamos nuestra propia dignidad. Al descartar a Dios, descartamos el Amor. Y sin Amor nada existe, porque tanto el hombre como toda la creación son fruto del Amor de Dios.
La ausencia de Dios es la nada, y nosotros no podemos vivir de la nada. Hacer a un lado a Dios es abrir la puerta a la cultura del descarte. Sin Amor, sin Dios, no podemos fijar la vista en el cielo, porque el corazón termina sepultado en la oscuridad del vacío.
La ausencia de Dios desfigura el rostro del ser humano y nos hace perder el sentido del respeto por el prójimo. La ausencia de Dios desfigura también la humanidad y termina manipulando su identidad. En la ausencia de Dios no hay Amor; hay vacío, y el vacío no crea nada, sino que conduce a los abismos del sinsentido, de la soledad y de la desesperación.
Pero hoy se vive para tener y se olvida vivir para ‘ser.’ Se olvida el séptimo día y ya no hay tiempo para detenerse y contemplar lo que Dios ha hecho.
El Amor protege; el descarte destruye.
El Amor valora. El Amor respeta. El Amor cuida.
Cuando se descarta a Dios, el ser humano pierde su norte, pierde su dignidad. Lo que Dios creó por Amor —lo que formó e infundió con su Espíritu— solo puede florecer cuando somos conscientes de que, como hijos de Dios, somos criaturas llamadas a vivir en el plan del Creador y, en el Amor, a ser administradores de la creación y servidores del prójimo.
El plan de Dios solo se descubre y se encuentra en Él; no en la nube, ni en el dinero, ni en la fama. El plan de Dios se vive en el servicio a los demás.
No podemos abusar ni irrespetar lo que, por Amor, Dios creó. No podemos usar, manipular ni desechar lo que Él formó a su imagen y semejanza, porque hacerlo es ir contra Dios mismo, que es vida y Amor.
Solo cuando volvemos a Dios descubrimos quiénes somos. Entonces comprendemos que cada persona es expresión del Amor de Aquel que es Amor y que, en el rostro del prójimo, encontramos el rostro de Jesús. Solo así podremos cuidar nuestra casa común, vivir nuestra vocación y hacer florecer el mundo que Dios nos ha confiado.

